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La fantasía de la realidad
Crónica

La fantasía de la realidad

Viajaba en el 107 finalizando mi jornada laboral. En el colectivo saqué El beso de la mujer araña, novela de nuestro querido escritor argentino Manuel Puig. Noté las pocas páginas que me quedaban para terminarla y sentí cierto vacío. La parada donde me tenía que bajar me dejaba cerca del centro de Devoto. Decidí que esas últimas hojas las iba a leer en una de las cafeterías del patio de comidas del shopping, que tiene un sector amplio, nada romántico para leer, pero tiene un no sé qué que me gusta. Tal vez es la compañía de gente que solo está de paso. Bajé en la calle Bermúdez a unas cuadras de mi destino. Ese mediodía irradiaba un cielo luminoso, pero yo me sentía melancólica. Pensaba en los personajes de la novela. Valentín, un revolucionario encerrado en la misma celda que Molina, un homosexual cinéfilo que llenaba el vacío del encierro de ambos, narrando películas para matar el tiempo. Y yo había estado sentada junto a ellos, en esa misma celda, durante las semanas que me tocó leer la novela.

Ya cerca del shopping, cruzando la calle Nogoyá, me sorprendió la chapa enorme sobre la pared de la esquina. Decía “Servicio Penitenciario Federal”. La cárcel en la que Valentín y Molina estaban encerrados era la cárcel de Devoto. Y ahí estaba yo, frente a esa misma cárcel. Podía ver las paredes descascaradas, la fila de mujeres esperando para entrar. Miré las bolsas de víveres que tenían preparadas para sus compañeros. Se transparentaba la caja del tecito de manzanilla, la mermelada de durazno, el paquete de galletitas de agua, que a Molina tanto le gustaban. Yo estaba fascinada. Esos víveres iban a parar a los presos que también se encontraban en mi cabeza, en la historia que estaba por terminar.

Fueron muchas veces las veces que caminé por la calle Bermúdez y por la entrada de la cárcel de Devoto, pero ninguna fue tan extraordinaria como ese mediodía en que mi lectura coincidió con el escenario real. Y como por arte de magia, pude apreciar la fantasía en la realidad.

Manuel Puig con apenas un recurso, el de usar una cárcel existente como escenario, me dio la posibilidad de sentirme a metros de sus personajes. Fantasear que yo estaba afuera y adentro estaban ellos, matando el tiempo de encierro. La elección de escenarios locales en las historias no constituye un simple telón de fondo. Son recursos narrativos que cargan de significados a la trama. Activan nuestra memoria colectiva y convierten lo cotidiano en una zona de extrañeza. Cuando las historias se apropian de nuestras calles, plazas o cárceles, esos espacios dejan de ser meros paisajes. Son momentos donde se modifica nuestra percepción de la realidad a través de la imaginación propia y la narrativa local. Nuestro cuerpo percibe de otro modo el mundo que lo rodea en esa superposición entre ficción y realidad.

Leer escritores argentinos, mirar películas o series nacionales y escuchar nuestra propia lengua dentro de escenarios familiares puede transformar la manera que tenemos de transitar nuestra existencia. Más aún cuando esa existencia se desarrolla en medio de crisis permanente.

Después de haber experimentado la fantasía de tan increíble coincidencia como pasar por la cárcel de la novela, llegué al shopping. Un escenario completamente distinto. Subí las escaleras mecánicas y me fui directo al patio de comidas, a ese lugar tan moderno y pulcro que todavía me pregunto por qué me invita a leer. Saqué el señalador del libro y me despedí de mis compañeros de celda.

Nayra Velásquez

Nayra Velásquez

Graduada de FADU, pasó del diseño a la escritura en la UNA en Artes de la escritura. Dictó talleres en la Biblioteca Popular Rosario Bléfari, y actualmente coordina talleres de lectura y escritura en Fluir de mí. Además escribe para la revista FUEGO, realizando cobertura de festivales y recitales locales.

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