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Nunca es solo un partido de fútbol
Relato autobiográfico

Nunca es solo un partido de fútbol

Nos conectamos con las cosas que nos llevan a los lugares felices. Me parece que casi siempre termina siendo así, y hay un listado posible de situaciones por las que me abracé a este último mundial de un modo desesperante.

Mi viejo siempre habló de fútbol. Puteaba frente al televisor Aurora Grundig de mi casa de la infancia cada domingo en el que jugaba Independiente. Antes de morir, sin saber que la parca estaba muy pero muy cerca, nos propuso a mis hermanos y a mí hacer cosas con cada uno de nosotros. Algo así como un padre en exclusiva. Nuestro plan fue una noche increíble en el Luna Park donde vimos a Fito Páez juntos. La última vez que cantamos a capela. Pero a mi hermano le tocó ver el último partido de Independiente para la Libertadores de América. Y ahí aparece el potrero y una verdad otra vez: entre ellos siempre fue más intenso.

Yo me resistí toda la vida. No sabía que a las nenas les podía gustar jugar a la pelota: ahora no suena tan extraño pero nací en el 80 y muchas de las batallas ganadas hoy ni siquiera se habían sugerido en aquel entonces. Faltaban años. Pero la marca familiar queda, persiste y por supuesto cuando me enamoré del papá de mis hijas en un intento inútil de separarme de la imagen paterna, fue sin darme cuenta de alguien para quien el fútbol no significaba absolutamente nada.

Me alejé completamente del deporte y ese folklore. No tenía idea de ningún partido y mi matrimonio coincidió paradójicamente con los años de Argentina en los que se nos negaba la gloria mundialista. En mi corazón latía muy fuerte aquella final de Italia 90, la última que recuerda esa Sole niña: las lágrimas de mi papá, el silencio del barrio de Pompeya donde apenas vivimos un año transitoriamente, la canción más linda de todos los mundiales condenada a no ser reproducida por un tiempo largo.

También me separé, claro. Porque aunque una quiera desenamorarse del padre, tampoco es tan sencillo y durante ese duelo me pude dejar acompañar por mi viejo que me hacía regalos y me dejaba sus frases futboleras para acompañarme en mi proceso. “Hay que tener paciencia, hiji. Corazón y pases cortos”. Fueron años de volver a ser un poco más hija, de sentirme malcriada y por supuesto, de volver a escuchar hablar de fútbol.

Mi viejo se murió y yo me volví a enamorar. Y no sé si por casualidad o por destino él era hincha de Independiente aunque nunca había vivido en Avellaneda. Quizá lo que más lamento de ese momento es que ese amor y mi papá no se hayan conocido.

Vivimos juntos el mejor mundial de la historia de los mundiales: Qatar fue nuevos amigos, verano inédito con fútbol, cerveza, un bar de referencia. Un volver a creer en el amor y la idea de que mi viejo me estaba mandando una conjunción casi mágica: un hombre bueno y el fútbol, para mí.

En enero de este año ese vínculo se terminó y con la herida todavía abierta me di cuenta que este mundial lo iba a ver sola. O mejor dicho, sin él. El desafío era, entonces, decidir qué hacer: huir de ese sentimiento como en mis años de casada, o volver a confiar en la magia que el fútbol le imprime a mi vida aunque yo misma me resista.

Elegí creer. Miré cada partido de la selección como quien deja de luchar contra lo que lleva adentro. Lloré como nunca: contra Egipto, contra Suiza. ¡Lo que lloré contra Inglaterra, por Dios! Y hasta me compré una remera con la frase impresa en la nueva tipografía Malvinas Sans porque ya se sabe: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.

Ahí está toda esa felicidad. La que me fue un poco negada cuando era una pibita pero también la reivindicación de un vínculo eterno, que no se termina, que no caduca: la infancia, el origen, la patria. Lo que representa esta tierra para todos los argentinos y que María Elena Walsh describe tan bien en su serenata para la patria de uno:

porque me duele si me quedo / pero me muero si me voy / por todo y a pesar de todo mi amor / yo quiero vivir en vos.

— María Elena Walsh

En la final contra España me entregué a la alegría del amor. De saber que a veces se gana y a veces se pierde. Que no siempre cuando algo se termina está asociado a un fracaso. Que el amor y el fútbol son así y que no importa lo que pase: siempre, siempre vale la pena vivirlos. Finalmente la vida como el fútbol, nos dará la revancha.

Soledad Passaro

Soledad Passaro

Soledad Passaro es, entre otras cosas, escritora y docente. Desde 2023 cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). En diciembre del mismo año participó del seminario de escritura en Lago Puelo, coordinado por Samanta Schweblin. En 2024 retomó de manera activa la poesía en el taller Fuga y Queda a cargo de la poeta Andi Nachon y en 2025 fue finalista del festival FAUNA, organizado por la UNA. Es madre de dos adolescentes, tiene dos gatos y lee el Tarot.

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