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Un símbolo del bien
Reseña

Un símbolo del bien

Entre las recomendaciones literarias de la última edición del Le Monde Diplomatique destacaba, por su extensión, la reseña dedicada a La era de Hitler y cómo sobrevivir a ella, un ensayo escrito por el británico Alec Ryrie publicado en 2025. El título que eligió Bárbara Schijman para encabezar su nota es “El símbolo del mal”, y en su desarrollo recupera y postula, entre otras cosas, que

Considerando que durante casi dos mil años la ética occidental estuvo marcada por la figura de Jesucristo, el autor sostiene que, tras la Segunda Guerra Mundial, ese principio rector de la humanidad fue paulatinamente desplazado por una visión negativa del mundo centrada en Hitler y el nazismo.

— Bárbara Schijman sobre Alec Ryrie, Le Monde Diplomatique

Y plantea la “imperiosa necesidad de establecer nuevas directrices morales que permitan orientar a las sociedades en el contexto actual”. En pocas palabras: de un nuevo Jesucristo.

No pude evitar establecer las conexiones cuando, en estas últimas semanas, con el estreno de Project Hail Mary en los cines de todo el mundo, muchas de las micro-reseñas en 280 caracteres se ponían de acuerdo en una cosa, y cito solo un ejemplo:

Project Hail Mary tiene que reimprimir la mentalidad de la próxima época. Lo necesitamos.

— @GiacoJuli_

Llegué a la novela allá por 2021, en el primer FILBA post-pandemia. Me llamó la atención por los comentarios de la contratapa: George R. R. Martin, Brandon Sanderson, Ernest Cline, toda gente que en ese momento yo quería mucho, coincidían en que era una recomendación segura. Apenas unos meses después de haberlo leído empezó a circular la noticia de una adaptación, todavía sin imágenes pero sí con una certeza: la protagonizaría Ryan Gosling. Recuerdo haberlo celebrado como una decisión correcta. Ahora, después de releer el libro, pasé a creer en la idea de que Andy Weir escribió Project Hail Mary pensando en la adaptación, y al personaje de Ryland Grace pensando todo el tiempo en Ryan Gosling. El mes pasado coordinamos un club de lectura acá en Fluir de mí, y una de las compañeras nos hizo notar el detalle de que personaje y actor comparten iniciales. Esa idea no se me iría jamás de la cabeza.

La película es muy fiel a la trama y estructura de la historia original, pero resulta una obra muy diferente si decidimos comparar sus procedimientos internos. En el libro operan principalmente dos, ambos muy propios del género de ciencia ficción. El primero tiene que ver con hacer de la ciencia la acción principal. Podrán notar desde el principio cómo la observación, el planteo de hipótesis, la experimentación y las conclusiones (ergo, el método científico) funcionan como el motor de la novela. El autor explora y explota la rama de la ciencia ficción dura (hard sci-fi), cuya principal premisa es el respeto riguroso por el conocimiento establecido de la realidad, y nosotros, lectores, somos capaces de seguir los razonamientos y, en tal caso, de chequear su veracidad por nuestra cuenta. Este mecanismo, a su vez, habilita el segundo artificio: el texto nos plantea los mismos enigmas que al protagonista y nos invita a resolverlos antes que él. El espacio que suele haber entre las oraciones que plantean un misterio y aquellas que lo resuelven pauta su intencionalidad e invita a que juguemos a anticipar qué es lo que está pasando. Si el recurso les suena es porque la ciencia ficción lo hereda del policial (piensen en Sherlock Holmes), y en este libro en particular funciona muy bien.

La adaptación, por su parte, abandona esas características más de nicho y se queda con todo lo demás, apuntando entonces a un público más general. La humanidad está en peligro y su salvación queda en manos de un personaje escrito para el actor más carismático de Hollywood y de un extraterrestre sumamente capaz que no tardó en posicionarse de igual a igual con Gosling como el ícono de la película; composiciones coloridas y memorables en el espacio, música reconocible y adecuada; y atisbos de una ciencia que siempre que aparece resulta apasionante: la lingüística. Abandona (y hace bien) a la mayoría de los personajes secundarios de la novela y se centra mucho más en los tres que importan y sus relaciones: Grace – Stratt en la tierra, y Grace – Rocky en el espacio. Vemos como a pesar (o quizás a partir) de su lugar como outsider llega a convertirse en la única persona en generar un vínculo con la líder del proyecto Hail Mary; y la relación posterior con el alienígena, del que intenta entender, respetar e integrar su cultura. Transita la soledad sin dejar de mostrarse valiente y seguro.

En ese contexto Ryan Gosling brilla. Se luce en el humor pero también en la sensibilidad. Nos hace quererlo desde el primer momento y con cada decisión que toma extiende una invitación a que nos volvamos mejores personas. Parecerá algo exagerada la contraposición con Hitler, y quizás aún más la comparación con Jesucristo, pero si comparte algo de la esencia de Ryland Grace; si él es algo de lo que representan todos sus personajes (sí, lo es); entonces frente a este texto levantaría los brazos, se sonreiría y aceptaría su lugar. Y a fin de cuentas lo que se dice de Jesús es que murió para salvarnos, y Grace (o Gosling, que en este punto da igual) es consciente desde el primer momento que el suyo es un viaje de ida. En estos tiempos en que nos consolamos con la idea de que eventualmente va a dejar de estar de moda ser mala persona, necesitamos que sigan apareciendo estos símbolos del bien.

Diego Castillo Flores

Diego Castillo Flores

Estudiante avanzado de Artes de la Escritura (UNA) e Ingeniería en Sistemas (UTN). Tiene interés en la corrección y edición de textos, y realiza algunos trabajos de forma independiente. Comparte lecturas y reseñas con la comunidad en su cuenta de Instagram.

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