Leí Una casa sola. Parecería que la propuesta de la novela de Selva Almada es traer otro tiempo a la escena. Una escena, recordemos, es representación pura, la mímesis del tiempo real. Pero el tiempo del campo no es el de la ciudad y entonces lo primero que me hace Una casa sola es engrupirme un poco con su extensión; pensé que lo leía en un fin de semana y pasaron siete días.
En las primeras páginas se presenta una voz narrativa que nos describe el entorno. Los árboles, la vida de los perros, las gallinas. Esta voz no se mueve, está detenida y desde esta posición vamos a conocer la historia desde la perspectiva de una porción de tierra que lo ha visto todo desde un solo lugar. Los personajes van a entrar y van a salir de sus límites. Vamos a escuchar las conversaciones de los vivos y las de los muertos. Vamos a ser testigos del paso del tiempo y vamos a entender que una casa es desde el momento en que el suelo se convierte en cobijo de seres, sean langostas, perros, hombres o mujeres. La casa habla desde antes de ser casa, y desde ese lugar lo va a contar todo.
Pero quiero empezar contando de los tiempos de antes, muchísimo antes de los Lucero, una parva de años antes, añares, ha. Yo todavía no era una casa, ni un reparo, ni un refugio, ni cuatro paredes de adobe y un techo de ramas, pero ya era, si se entiende, parte de esta misma tierra sobre la que el espinal se extendía leguas y leguas, mucho más allá de lo que alcanzaba la vista de cualquier hombre.
— Selva Almada, Una casa sola
Habla con el registro propio del campo en donde fue construida, conoce los árboles, el espinal, los animales, el río y sabe de la gente que la habitó porque los observa. Funciona como un narrador testigo del relato que quiere contar.
Abrí los ojos a una mañana que presentaba poca novedad. El aguaribay florecido ardía de abejas. Las gallinas escarbaban el suelo buscando lombrices. Una pollita joven desenterró un cordón de zapatilla y armó tal alboroto que las otras la persiguieron para robarle el botín. La miní apareció entre los pastos; tan blanca y con las costillas marcadas, la galga, que si no fuera la pura luz del día, diría que no era un perro sino el ánima de un perro.
— Selva Almada, Una casa sola
Por momentos la narración se va a desplazar más allá de los confines de la casa, para mostrar la vida de las almas en pena que habitan el espinal. En algunos capítulos van a tomar la palabra poniendo en primer plano el lenguaje. En otros los vamos a ver en su mundo, un ciclo infinito de reuniones, donde comparten tabaco y bebida. Están en armonía con todo lo demás, el paisaje, los animales, el río, las almas en pena, como el lenguaje, son todos los sentidos del campo.
El mundo de los vivos es el que nos trae el misterio que guía y estructura la narración: la desaparición de los Lucero. Una familia que vivió y le dio vida a la casa y que desapareció de un día para el otro sin decir nada y dejando todo. Nadie los volvió a encontrar, y eso se sabe desde el principio. Aparece con el conflicto un segundo desplazamiento de la voz narrativa: la Tata, que busca a su hija, a sus nietos. La vamos a conocer primero entrando a la casa y buscando. Ella va a buscar sin parar. La mujer que cura será la fuerza que va a hacer mover la narración hasta el final. La vamos a ver fumar en su choza y tener una conversación con una de las ánimas del espinal revelando su conexión con el otro mundo. Muertos y vivos se consultan sin obtener respuestas.
Leer Una casa sola fue un poco como permitirme estar en otro tiempo, el de los fantasmas del espinal, el de la casa que observa. La continuidad entre fantasmas, desaparecidos y vivos se vuelve posible porque la casa que narra está en un umbral entre mundos, asume el rol de testigo y mediadora, habilitando una voz que articula esas presencias en un mismo relato. Desde su foco predominante la novela nos permite detenernos y contemplar algo de las muchas dimensiones de la vida y sentir la fuerza inevitable del tiempo.



